24 horas pedaleando. Sueño Ciclored en Cheste

Pedalear 24 horas seguidas en equipo. Las grandes historias surgen en los lugares más inesperados. Desde Dolomitas, el Giro, La Marmolada, las largas carreteras con vegetación selvática, los guantes de invierno para los descensos y los 2.000 metros de altitud a Valencia, un circuito de 4 kilómetros como el de Cheste, a nivel del mar y a temperatura de olla a presión. Todo en menos de un mes. Paraísos tan distintos que sólo un ciclista armado con su montura es capaz de disfrutar de igual manera

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Por eso cuando Ziortza Villa, una auténtica colgada de esto, nos inoculó el veneno del ultraciclismo en el viaje a Dolomitas lo primero que hicimos fue cuadrar fechas, calendarios, agendas… y montar un equipo. El reto se llamaba Campeonato de España de Ultraciclismo, la sede el Circuito de Cheste de Valencia y todo encuadrado en las 24 horas Cyclocircuit. El sistema de competición era sencillo. Salida a las 14.30 del 30 de julio. Un ciclista por equipo y a dar vueltas al circuito con opción de ir dando relevos cuando el que estaba en pista se cansara. 24 horas después, es decir, el 31 de julio a las 14.30 acababa la competición. El que más kilómetros hace… gana. 

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Para montar el Team Ciclored tardamos un minuto. Jaime, Jose, Dani y el que escribe. Ocho piernas y matemáticas fáciles. Seis horas de pedaleo por cabeza repartidas en series de dos horas. Pero a veces las piernas juegan sus propias partidas y las lesiones llegan en el último minuto. ‘Mala pata’ la de Dani… quedábamos sólo tres para pedalear…. y ocho horas para cada uno. Más placer ciclista, ¿no?

Dos millones y medio de whatsapps de grupo después para organizar la logística del equipo y a las 10:00 del sábado 30 de julio, con un calor sahariano, nos plantamos en el box 29 del Circuito de Cheste, el asignado al Team Ciclored. Nos habían advertido que teníamos que compartir… pero no nos habían dicho que lo haríamos con un tíos tan grandes como los de La Biciteca, con Manu a la cabeza. Primera alegría del día. Libros y conversación no nos iban a faltar… se podían ampliar a 28 horas…

Y antes de empezar a pedalear toca pensar. Sí. Y colocar. Sí. Y organizar. Sí. Y charlar con los amigos. Sí. Y seguir preparando. Y comer. Y rodar. Y probar. Y volver a comer. Y beber. Y volver a colocar. Había que dejar todas las opciones previstas antes de las 14.30. A partir de ese momento sólo podíamos pensar en pedalear y descansar. (bueno.. y twittear, whastappear y darle a facebook e instagram para contar a todo el que nos preguntaba cómo era la experiencia)

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A las 14.30 y después de rendir culto a Ziortza y Eloy (que se habían atrevido con el reto de las 24 horas en solitario) salida a lo Le Mans. Un ciclista por equipo a un lado de la pista, el otro al contrario. Una carrerita a pie intentando no patinar con las calas, arriba de la bici… y a rodar. Como queda un día entero por delante se saldrá tranquilo… pues no. Primera vuelta al Circuito y media de 40 por hora. En cabeza y dando estopa los equipos de 8, 6 y 4 integrantes. El resto… a sobrevivir. Táctica de inicio. CBR (comer, beber y a rueda) y a intentar no deshidratarse a 40 grados.

Uno rodando y el resto del equipo bebiendo, comiendo, atento a la pista, a las clasificaciones y preparado para el relevo. En este tipo de competición se trata de ser autosuficiente. No se puede avituallar ni dar asistencia mecánica en la pista. Cualquier problema lo tiene que solucionar el ciclista o entrar a boxes y dar  el testigo a otro integrante del equipo. Transponder en el bidón y a pedalear.

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Así que dos horas después del inicio me toca meterme en la batalla y pelear con el calor y el viento (que también se ha autoinvitado a la cita). Hay que buscar ‘amigos’ nada más salir a la pista. Rodar el solitario supone gastar energías, consumir líquidos e incluso perder vueltas con el resto de los equipos. Toca leer la carrera y en cuanto ves a Adrián Palomares pasar a tu lado enseguida comprendes que es la rueda buena.

Recta de salida de meta con viento de cara. Giro a la izquierda para recuperar. Giro a la derecha para afrontar el primer repecho (al 3%). Calentón para no perder rueda. Bajada rápida. Giro a la derecha, contrameta y a preparar las piernas para el repecho más largo y continuado (5%). Descenso rapidísmo, curva tumbada y recta de meta a más de 55 por hora.  Cuatro kilómetros y 50 metros de desnivel. Todas las vueltas iguales, pero todas distintas. Un cambio de ritmo, un relevo más rápido de lo normal, un vistazo al equipo en boxes para que te den info, sopesar el bidón para ver si queda líquido….

Decisiones que en una cicloturista serían banales y que en las 24 horas son clave. Entrar en boxes en una vuelta o en otra puede suponer un calentón para el compañero que entra después y una vuelta menos para el equipo. En casi dos horas el agua se ha evaporado o ya es un mejunje imbebible que solo sirve para echar fideos… Así que relevo y a descansar. Turno para Jose. 

Y del box de cabeza a la ducha. Dan casi ganas de meterse con maillot y culotte. Da igual. Son un charco. De un trago eres capaz de beber un litro y medio de agua. Medio plato de pasta, dos plátanos, un trozo de tortilla, una barrita, dos galletas. Bebida como si te fueras a ir un mes al desierto. Café cortesía del equipo ULB. Gel frío STM Sport 2 en las piernas y horas de esterilla patas arriba para recuperar. Rutina ciclista porque cuatro horas después tocará volver a la pista.

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Nueva ronda. Esta vez a partir de las 20.30... y cambia el escenario. Tocar armar las bicicletas con luces. La pista del circuito no está iluminada y en poco más de una hora casi no se verá. Y a 50 por hora hace falta un buen foco para circular con seguridad. Dimensión nocturna. Ninguno de los tres después de años en bici habíamos experimentado eso. Menos calor, menos luz y por delante y detrás una retahíla de luces. El bullicio de las primeras horas se convierte en silencio. La competición continua en penumbra. Los ciclistas son anónimos hasta medio segundo antes de pasar por delante del box. Otro ciclismo.

Toca adaptarse. La táctica ahora es intentar mantener un ritmo constante y organizar los turnos para poder dormir. Uno pedalea, otro descansa y el tercero al cuidado de lo que pasa en la pista y con la bici preparada para dar el relevo en cualquier momento. Y es que en el ciclismo puede pasar cualquier cosa en cualquier momento.

Turno para rodar. Turno para comer. Más pasta, más pavo, más tortilla, más barritas. Café en cantidades industriales. Entonces si son las 4.30 de la madrugada esto que es ¿cena o desayuno? Cambiamos a cereales y leche. Da igual. El cuerpo pide a gritos suministros para salir a pista y seguir rindiendo para el equipo. Porque esa es la clave, el equipo.

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Despunta el alba y enseguida cambia la velocidad de carrera. A las 07.00 ya todos ruedan a casi 40 por hora. Se despierta del sueño con más de seis horas de competición por delante. Lo mejor, que el cansancio no ha hecho mella en nosotros. Descansar en las 24 horas es casi más importante que rodar fuerte. Ahora la táctica es intentar rodar la última parte de la competición siempre en cabeza, sobrepasar los 900 kilómetros y mirar con admiración a gente como Ziortza o Eloy, que llevan toda la noche pedaleando sin relevos y ahí siguen, en pista.

Toca apretar dientes y colocarse bien. Evitar que el viento, que ha vuelto a levantarse con el alba, nos pegue en la jeta durante demasiado tiempo. La cosa funciona. Jaime completa toda su ‘jornada laboral’ en cabeza y en cuanto los líderes anuncian su cambio de relevo hacemos lo mismo. Rodar en pelotón y aprovechar el anonimato. Jose también finaliza su posta en cabeza. Solo queda rematar. Son las 13.40 y el termómetro se ha ido ya a los 42 grados. Última posta. Las fuerzas flaquean y empiezan las tácticas. Sólo dos equipos optan al título. Miradas, ritmo más tranquilo. A guardar. A cinco minutos del final los dejamos solos. Nos vamos a dar el gustazo de sprintar en la línea de meta de un Circuito de Velocidad. Vamos ocho… pista ancha… a dar caña. La competición se decide por detrás. Milésimas de segundo para decidir al equipo campeón tras 24 horas.

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Meta. Abrazos. Equipo. Comida. Bebida. Más comida. Más bebida. Más agua. Más Gel frío STM Sport 2 para las piernas. Al final más de 900 kilómetros a unos 310 kilómetros por cada uno de nosotros y a una media de casi 40 por hora. El garmin echa chispas cuando sube los datos al strava. Watios de regalo para toda la semana y calorías consumidas para darse dos cenas de Nochebuena seguidas (con turrón y todo).

Paseo por pista (en bici… si, y con viento de cara) para rendirnos homenaje y agasajar a los auténticos campeones de esto. Reto conseguido. Toca despedirse de Manu y su Biciteca Team con la certeza de que la carretera nos volverá a unir, igual que con Ziortza (que ya piensa en La Purito o en Marmotte Pirineos) o con Eloy, que tras 500 kilómetros en solitario quiere batir el Récord de España de 24 horas de nuevo… Una dulce locura. Un ciclismo distinto con otro sabor pero con la misma recompensa, rodar entre amigos y compartir pasiones. En nuestro caso, dar pedales. Así de sencillo.

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