Una Paris Roubaix 2018 al sol

La París Roubaix es dura siempre. Da igual que llueva y haga frío o que, como en 2018, el Infierno del Norte sea imprevisiblemente cálido y con viento a favor. Los adoquines castigan al ciclista. Hacen que cada pedalada acabe con un gesto de dolor físico real. El traqueteo pasa de las manos a los antebrazos, a los codos y se transmite al resto de cuerpo. Una batidora que va machacando los músculos. Triturándolos. Duele casi todo menos las piernas. Tramo a tramo no solo van minando el físico del ciclista, sino su mente. En los últimos se van restando. Salir de Hem es tocar con la punta de los dedos el paraíso del Velódromo y sus duchas. Llegar ya es triunfar. Da igual el tiempo y la velocidad. Aunque, como en 2018, sea una París Roubaix al sol.

– GIRO DE ITALIA EN ROMA (25-28 DE MAYO) >

Para este Infierno del Norte que se preveía húmedo y lluvioso y acabó saliendo una día de primavera alicantina nos apuntamos una veintena de ‘locos’ del ciclismo. Porque para afrontar una cicloturista así hay que tener un punto de osadía y otros de cultura ciclista. Haber mamado desde hace años las hazañas de Boonen, Tchmil, Cancellara o Duclos Lasalle. Cada uno en su época. Es lo bueno. Ciclistas de todas las edades y procedencias. De Cataluña a Andalucía y Canarias pasando por Madrid, Galicia, Valencia, Castilla La Mancha o Aragón. Los Pepe, Javier, Ángel, Raúl, David, Llorenc, Rafel, Anxo, Pedro, Carlos, Alfonso, José Luis, Manuel, Jesús, Vicente, Óscar... pirados por comer adoquines. Y echando de menos a Ismael y Goyo, que se tuvieron que quedar en España con las ganas (otro año será).

Un fin de semana de pasión ciclista en un lugar distinto y único. Donde se pueden vivir unas sensaciones que jamás volverás a experimentar. Porque los adoquines de la París Roubaix están colocados de tal manera que hace que cada tramo sea un puerto, un reto, una pared con desnivel cero en la que tienes que medir las fuerzas para poder superarla. Un lugar al que al menos una vez en la vida tiene que acudir todo ciclista. Un bautismo en el Infierno.

ENTRENAMIENTO EN ROUBAIX. PAVÉ DE HEM

ADOQUINES DE CAMPHIN EN PEVELE AL VELÓDROMO

En la Roubaix lo principal es llegar con la mente abierta. Dejar atrás los miedos y afrontar el adoquín como un puerto de montaña más. Entrar, pedalear y experimentar. Por eso la misión del viernes nada mas llegar del aeropuerto al hotel de Roubaix es cambiar zapatillas por pedales, calas y casco y poner rumbo a los adoquines. Una breve prueba para saber lo que espera al día siguiente. En este 2018 con sol y todos vestidos de corto. Sin nubes en el horizonte y con la grupeta de Bike Division capitaneada por Alberto Elli como compañeros de ruta. No era mala elección, Alberto la disputó en profesionales dos veces. No repetiría. Roubaix es así.

Esta vez, y como hacía buen tiempo, deberes largos. Los cinco últimos tramos de la París Roubaix para entrenar. Desde Camphin en Pevele a meta. Carrefour del Arbre, Gruson y Hem. Primera experiencia adoquinada en las cuatro estrellas de Camphin en Pevelé. Después de una semana lloviendo con unas pocas horas de sol y el viento fuerte el barro se habia secado. Fina capa por encima de los adoquines. Escapatoria natural para pegar menos botes. De ahí al místicismo de Carrefour del Arbre. Foto y a por el último cinco estrellas de carrera. Rectas con viento a favor y primeras curvas sobre adoquines, donde las bicicletas giran como a ellas les da la gana. Un punto de técnica.

Y a la salida, sorpresa, el diablo del ciclismo, Didi Senft, con su disfraz y tridente dando gritos a los cicloturistas que pasaban por allí. De Alpe d Huez a Carrefour del Arbre. Dos catedrales ciclistas para un icono de los últimos 30 años. Foto obligatoria y a por Gruson, el tramo que suele dejar decidida la carrera, pero con escapatoria de tierra (una autovía comparada con los adoquines). Visita a Hem, un tres estrellas con adoquines rotos del nivel de cinco, repecho de Roubaix, paseo de la fama de los adoquines y al velódromo por primera vez. Foto en la piedra, visita a la duchas, adoquines de recuerdo a la espalda… y al hotel a cenar.

Había que cargar pilas y energías para el día siguiente. Cuatro se atrevían con la versión más larga, de 174 kilómetros y 28 tramos de adoquines, los mismos que la carrera profesional. El resto a la versión de 145 kilómetros y 18 tramos de adoquines desde Arenberg. Noche de vigilia soñando con piedras separadas por huecos en los que cabe una rueda (o incluso dos).

Bosque de Arenberg

SÁBADO. PARÍS ROUBAIX CHALLENGE

La primera sensación a las 04.30, la hora a la que tienen que desayunar los de la versión de 175 kilómetros, fue la de extrañeza. Salir a la calle y no recibir el habitual golpe de viento frío del norte de Francia. Nueve grados de madrugada y ausencia de nubes auguraban un día perfecto en Roubaix. Con el polvo asentado por las lluvias de los días anteriores y los adoquines secos. Autobús y camino a Busigny para afrontar el reto de la versión más larga.

La versión de 145 kilómetros en Strava >

Para el resto la versión de 145 kilómetros y un madrugón menos. A las 08.30 en el Velódromo para comenzar a dar pedales. Los primeros 45 son tranquilos. Con viento de cara, llanos y para rodar. En un principio sin alicientes a no ser que te encuentres algún compañero de ruta con ganas de marcha. Si se llama Andrea Tafi, lleva a una grupeta de colegas y se le ocurre cambiar de ritmo cuando el viento pasa a soplar de costado, pues la cosa se pone mucho más interesante. Y es que salir a un ataque de Tafi es una gozada para cualquier friqui del ciclismo. Para de la historia pedaleando en uno de los lugares donde él mismo la escribió. Territorio Tafi y Mapei. Calentón para llegar con hambre al primer avituallamiento y poder seguir charlando con el ídolo italiano.

Y desde el avituallamiento a seguir combatiendo el viento en las rectas de los alrededores de Wallers. Planos con un huracán que se volverá amigo justo al llegar a uno de los lugares míticos de nuestro deporte. Recta, giro a la derecha y Arenberg. Primera sorpresa. El kilómetro inicial está cortado por la organización. Buen criterio porque es una pista de patinaje. Dentro del Bosque solo entra el sol unas horas al día y el barro no se ha secado después de las últimas lluvias. Pasar por allí y cuesta abajo (así es el inicio de Arenberg) supone una caída segura. Incluso afrontar los últimos 600 metros por el adoquín, los que ya permite la organización, es casi imposible. Primer intento y a los 100 metros al suelo. Barro de Arenberg para dar lustre al maillot. Sonrisa y a la escapatoria. Aquí se trata de sobrevivir.

La salida de Arenberg obliga a que Héctor, que está con la furgo de apoyo, nos haga una foto de esas que no se olvidan. Esta vez no hace falta coger ni dejar nada. 15 grados y a partir de ahí 90 kilómetros llanos y casi todo con viento a favor. Lo que en cualquier lugar del mundo supondría una etapa cómoda, en Roubaix es un reto. Queda mucha tela que cortar. Hay que remar mucho para superar el mito del Pont Gibus en el tramo de Wallers, sufrir en las cuatro estrellas de Hornaig y Tilloy, comenzar a sentir el dolor cuando llegas a Orchies (homenaje de Ducloss Lassalle) y poner energía a tope para sobrepasar el primera tramo de cinco estrellas, el de Mons en Pevele. 3,7 kilómetros repletos de caravanas y que obligan a parar en la salida. Descanso para el cuerpo que no solo necesita avituallamiento, sino relajar los músculos, contraídos por los golpes de los adoquines, que pasan de la bicicleta al ciclista como si estuvieran enganchados por un cable.

Desde el tramo 10 se empiezan a descontar como si fuese una cuenta regresiva. Cada recta de adoquines, por corta que sea, es un suplicio. Acabarla es superar un examen parcial con derecho a continuar la evaluación. Pont Thibault, Cysoing, Burghuelles, algún pinchazo, alguna avería, buen rollo en la grupeta. Son la antesala de la parte conocida, los cinco últimos tramos de Roubaix, donde cada pedalada suele ser de dolor. Camphin en Pevele nos deja algo de margen para evitar el traqueteo del adoquín. Una cuneta de tierra repleta de baches y desniveles es una autopista de descanso comparada con la dureza del adoquín interior. Carrefour del Arbre invita a rendir pleitesía al mito y atravesarlo por el centro, sobre todo la última recta donde no hay escapatoria posible. Antes incluso el césped es terreno propicio para saltarse el dolor.

Foto al final y a Gruson. Tierra o adoquín. Decisión sencilla. Hem abre las puertas del paraíso. Hay que sufrirlo. Cambiar de cuneta a cuneta en cada curva para saltarse la tortura del adoquín. Hasta una parada para arreglar el pinchazo de Manuel viene bien para relajar músculos. Cualquier regalo es poco para superar el Infierno del Norte. Desde Hem solo hay un repecho para escaladores (la única cota de todo Roubaix) y al velódromo. Emoción con solo subirse al peralte y dar media vuelta. Aquí siempre hay que levantar los brazos. Con una bicicleta de carretera es una hazaña superar los adoquines de la París Roubaix. Todo lo demás da igual. Medalla y tumbada al césped. Verano francés en el mes de abril. El cuerpo pide cerveza. La cabeza llamar a casa para decir que estás bien y reenviar todas las sensaciones que has vivido a las redes sociales.

Y como siempre un último gesto a la historia de Roubaix. Las duchas del Velódromo abiertas para todos. Igual que los profesionales al día siguiente. Toca elegir taquilla de ganador de Roubaix. Hay hasta cola para sentarse en la de Cancellara o Boonen. Los hay que prefieren esperar dos y tres turnos de ducha y conservar el polvo y el barro de los tramos de adoquines a no sentarse en la taquilla de su ídolo.  El resumen es hormigón, una banqueta con cuatro listas de madera y una placa con el nombre. Nada más. Da igual. Los ciclistas somos así. Me toca Tchmil. Todavía le recuerdo como una de las bestias del pelotón. De esos que rodaban por el llano contra viento y marea y eran capaces de hacer abanicos y destrozar grupos.

DUCHAS PARIS ROUBAIX

DOMINGO. PARIS ROUBAIX PROFESIONAL 

El domingo el primer reto era levantarse. Roubaix duele. Crea un cansancio físico y mental del que no es sencillo recuperarse. Los primeros pasos al levantarse de la cama hacen que te duela todo. El cuerpo está lento, entumecido, resentido. El desayuno hace algo, pero incluso cuesta agarrar fuerte la cuchara. En la calle está lloviendo pero con calor. Solo una hora después sale el sol y es hasta bueno para ir recobrando el ánimo. Los deberes son sencillos. Furgoneta rumbo al Bosque de Arenberg para vivir el mito desde dentro. Nada más bajarnos vistazo a los adoquines. Todavía hay barro entre ellos. Pista de patinaje y peligro para el pelotón. Pero hay sol y entra de lleno en la fina fila sin arboles del camino de adoquines. Se acabará secando.

Tenemos dos horas para meternos en el ambiente de Roubaix. Mucho flamenco, holandés y valón para honrar a la Clásica más mítica. La pantalla gigante canta la escapada de Soler y la fiesta de la entrada del bosque obliga a cumplir las tradiciones. Salchicha, cebolla y cerveza para homenajear a la historia de Roubaix. Aquí siempre ha sido así, desde antaño. Ahora tienen una cerveza propia y gorras personalizadas. Roubaix vende, aunque solo sea una vez al año.

Palco en los adoquines y a oir la Roubaix. Porque esta carrera se ve, pero también se escucha. El sonido de material de alta gama rebotando con los adoquines cuando pasa Soler liderando la escapada. El primero en salir de Arenberg tiene su mérito. Aunque a su rueda vaya un tal Dillier que acabará segundo en el velódromo. Y después el gran grupo. Con Sagan, Van Avermaet, Teptstra... los favoritos. Y tras ellos el dolor. Profesionales rotos por el cansancio y el trabajo previo. Por la trituradora de Roubaix. Destrozados en un tramo plano que tienen que pasar con plato pequeño a 90 kilómetros de meta. Gestos de sufrimiento en la cara. Sin opciones de llegar dentro de carrera. La retirada como único destino.

De allí a las furgonetas y a ver en directo la carrera mientras llegamos al antepenúltimo tramo de Gruson. Ataque de Sagan justo por encima de nuestras cabezas cuando acaban de atrapar a Stybar. Será el decisivo. En Gruson/Arbre hacemos piña con los flamencos. Pantalla gigante para seguir en directo lo que está pasando. Sagan y Dillier. Y luego el resto. Camphin en Pevele, Carrefour del Arbre y después justo enfrente de nosotros. Primero adoquines y luego escapatoria de tierra. El aficionado debe estar atento para tirarse al sembrado. Por allí el grupo perseguidor se ha quedado reducido a cuatro. Van Avermaet, Tepstra, Vanmarcke y Stuyven. Por detrás se lucha por llegar. La Roubaix se ha ido, pero llegar al velódromo es una pieza codiciada para cualquier profesional, igual que nos sucede a los cicloturistas.

Rostros desencajados por el dolor a 15 minutos de Sagan. Pasan por Gruson cuando la pantalla gigante ya está anunciando el ganador y el podio. No se van a parar allí. Seguirán antes de que se cierre el control. Roubaix lo exige así. Al final es un imán que nos acaba llevando año a año a sufrir en unos tramos que no está diseñados para bicicletas de carretera. Quizás es precisamente por eso.

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