Tour de Francia 2013. Dentro del corazón del dragón

El Tour de Francia es un gran dragón al que es casi imposible ver la cabeza y la cola al mismo tiempo. Cuando te adentras en él te abarca por completo. Te sobrepasa. Todo se convierte en grandioso y acabas fagocitado por él. Te dejas llevar por las sensaciones, los olores y los colores de un evento que transciende a cualquier otra carrera ciclista. Si además, tienes una semana para disfrutarlo, adquiere una dimensión difícil de abarcar.

Todo eso sucedió a Lorena, Manuel, Jesús y Juanjo. Cada uno movido por una inquietud distinta hacia el ciclismo pero unidos por ese dragón llamado Tour, capaz de abarcar y reunir voluntades y destinos.

Durante una semana los viajeros de ciclored.com pasaron del Mont Ventoux al Glandón, de disfrutar de la velocidad y la fuerza de una contrarreloj en Chorges a ver a Rui Costa entrar victorioso en Gap, de vivir sobre el asfalto la carrera a fotografiarse con sus ídolos en la salida de Bourg d’ Oisans. Pero sobre todo, el Alpe d´Huez. Quizás el corazón de la bestia. Las rampas en las que se reunieron durante tres días 800.000 aficionados en 13 kilómetros y 21 curvas para ver en vivo el paso fugaz de 170 pedalistas enfundandos en lycras extratranspirables de mil colores. 


La aventura comenzó en el Mont Ventoux, la cima pelada y lunar del Tour. El gigante de la Provenza nos recibió con calor extremo y 10 kilómetros iniciales de rampas siempre rozando el 10%. Los gendarmes mandan y sólo nos dejaron ascender en bicicleta un puñado de kilómetros, suficiente para el primer contacto. La eterna caravana publicitaria, capaz de lanzar desde salchichón chochonou a magdalenas, periódicos, gorras, pegatinas, botellas de agua o muestras de detergente. Da igual, el colorido sirve para animar a los aficionados a estirar el cuello y esperar las primeras motos que anuncian la llegada de los protagonistas. Chavanel da paso a los líderes y detrás un reguero de ciclistas con las piernas cargadas de ácido láctico después de 200 kilómetros llanos a 45 por hora.

Sólo había sido el primer acercamiento porque al día siguiente tocaba dar a los pedales y sufrir en las rampas del mítico Glandón-Croix de Fer, una doble cima que empieza a mostrar la grandiosidad de los Alpes, donde 30 kilómetros pueden suponer más de dos horas de bici. Las distancias multiplican los esfuerzos y tras el Telegraphe-Galibier toca volver al apartamento para recuperar fuerzas.

Al día siguiente tocaba otra cima mítica, el Izoard. Las rampas por donde el gran Fausto Coppi emprendió la escapada de su vida. Una cumbre de arena y piedra lunar que contrasta con los bosques de la ascensión por la cara de Briançon, una de esas ciudades que suenan a ciclismo con sólo oir su nombre. Y por la otra cara los desfiladeros camino de Gap, el destino final de la etapa. Aquel día vimos a Rui Costa en su primera exhibición, vibramos con los demarrajes de Contador en el La Manse y pudimos conversar con Rojas, Flecha e Igor Antón.


El miércoles se llamaba Alpe d´Huez y tocaba sufrirlo en nuestras propias piernas. Elcentro de todo el viaje. Un puerto amigo cuando no hay esfuerzos previos, que te detiene en las rectas y te lanza en las 21 curvas. Las cunetas ya repletas de aficionados ilustres, desde el Diablo a los cientos de holandeses que se apelotonan en los alrededores de Huez. Toca sudar, coronar, descubrir La Sarenne y también la cara oculta de Villard de Reculas antes de emprender viaje a la contrarreloj de Embrun. La quintanesencia de la tecnología ciclista. Velocidad pura, platos ovalados y detalles técnicos. Los coches de equipo repletos de euros en ruedas y cuadros de carbono y en meta tiempo para fotografiarse con Purito, observar las evoluciones de Valverde, Quintana y Contador y quedarse admirado con la extrema delgadez del líder Froome.

Era sólo el preámbulo del gran día, y una fructífera noche, porque la fiesta del mito del Alpe d´Huez arranca más de 24 antes del paso del pelotón ciclista. Esta vez sin pedalear. El Alpe d´Huez a pie de asfalto. Con colas para descender el puerto a pie, fotos en las curvas míticas y un ambiente internacional de ciclismo puro. Las gorras vintage, los maillots de cualquier época y las banderas de mil paises son la vestimenta de una masa que se ha puesto de acuerdo para citarse el 18 de julio en el asfalto de la cima que dan sentido al Tour del Centenario. 


Allí sólo se ve el paso fugaz. Voigt, Van Garderen, Riblón, Quintana y Purito en su momento álgido, Froome y Porte en horas bajas, Valverde buscando un objetivo que se perdió por dos radios rotos, Contadorexprimiendo sus últimas opciones a rueda deKreuziger y la horda de holandeses, conMollema a la cabeza, ya desperdigados y lejos de la cabeza. Siguen los ilustres.Schleck descolgado después de intentar reverdecer viejos y olvidados laurales yEvans, el otro ganador del Tour, escondido entre un autobús en el que llevaba muchos años sin comprar ticket.

El viernes toca volver a la bicicleta para descubrir en nuestros propios músculos la cara B del Alpe d´Huez. Ascendemos por Villard y descendemos desde Huez hacia Bourg d’ Oisans por una carretera repleta de pintadas y con el mismo olor que queda después de finalizar una gran fiesta. En la salida nos espera de nuevo el pelotón haciendo rodillo para llegar con las piernas calientes a la subida del Glandón, la primera del día. Astarloza, Antón, Amador y Castroviejo tienen tiempo de fotografiarse con nosotros e incluso un Vinokourov vestido ya con las galas de manager. Parte la carrera hacia Le Grand Bornard y volvemos a la rutina del cicloturista pegado al televisor para ver cada metro de lo que sucede en la etapa. Ahora la sensación es distinta. Ya conocemos al dragón por dentro, nos hemos adentrado por sus vísceras pero nos seguimos quedando con hambre para la edición de 2014. Será el vicio del directo.

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