La París Roubaix es diferente a todo

La París Roubaix es diferente a todo. No hay carrera en el mundo ni cicloturista similar. Tiene la épica de las batallas que allí han sucedido. La historia. Pero sobre todo los adoquines. Y es que las piedras que hay en los tramos entre Compiegne y Roubaix no se hicieron para que rodasen las bicicletas, sino vehículos pesados que se hundían en el barro de los caminos de una de las regiones más lluviosas de Francia. Por eso para un ciclista en bici de carretera hacer el kilómetro y pico de media que suele tener un tramo plano de la París Roubaix supone un ejercicio de fuerza, destreza, equilibrio, osadía y confianza en el material. Un auténtico stress que se multiplica cuando además lo intentas hacer a toda velocidad.

Pero es tan diferente a cualquier otra prueba ciclista (incluso Flandes, donde el adoquín está más junto y la bicicleta bota mucho menos) que cualquier cicloturista que se precie y que ame el ciclismo tienen que ir una vez en la vida a vivirlo. Eso si. Siempre con bicicleta de carretera y unas ruedas con no más de 25 de sección de cubierta. Así se puede sentir el adoquín y su dureza. La esencia de una prueba que pese a ser prácticamente plana (solo se suben los puentes de la Autovía que unen París con Lille) deja molido a cualquiera. Hacerlo con bicicleta de ciclocross, gravel, con cubiertas de 30 o con MTB supone perder la esencia de Roubaix y pasarlo a una prueba común de cualquiera de estas especialidades.

Porque la París Roubaix tiene su historia y su leyenda. La del ‘Infierno del Norte’, que se llamó así por las consecuencias de las dos Guerras Mundiales sobre la zona. El territorio entre Paris (ahora se sale de Compiegne, más al norte) y Roubaix (que es una ciudad dormitorio de Lille) es tan plano como la palma de la mano. Era una antigua zona minera, ahora en desuso, y que necesitaba poner adoquines a sus caminos para transportar los pesados vehículos mineros. Por allí se comenzó a meter la París Roubaix para evitar que la llegada siempre fuera al sprint. Y de un tramo se paso a varios, hasta los más de 20 que se recorren actualmente en la carrera profesional.

Versión cicloturista

Para los cicloturistas nos tiene diseñados tres recorridos diferentes. Uno que arranca en Busigny tiene 170 kilómetros (unos 100 menos que la carrera profesional), pero que reúne todos los tramos de adoquines que al día siguiente va a recorre el pelotón, normalmente entre 25/30. La versión de 150 kilómetros comienza en Roubaix y afronta 18 tramos de adoquines desde el Bosque de Arenberg. Mientras que la de 75 también se inicia en Roubaix y suma sus tramos de adoquines desde Mons en Pevele. Y lo mejor, sin tiempos oficiales. El chip solo vale para medir tres tramos de adoquines y el resto. A disfrutar.

Entrenar la París Roubaix en unas condiciones similares a las que te puedes encontrar allí es prácticamente imposible. Para los que haya hecho BTT es una sensación similar a hacer una trialera plana a 40 por hora cuando todavía no existían las horquillas de suspensión delantera. El cuerpo debe aprender a asimilar los impactos que recibe bicicleta a cada giro entre adoquín y adoquín. Duro, aspero. Pero que con una adecuada colocación de las manos y concentración se acaba haciendo hasta agradable.

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Las primeras pedaladas en un tramo de adoquines de la París Roubaix siempre son de sorpresa y miedo. Con tanto impacto crees imposible que una bicicleta pueda rodar por allí sin desarmarse en mil pedazos. En nuestros viajes siempre utilizamos el viernes para ‘probar’ el adoquín. Camphin en Pevele, de 4 estrellas, y Carrefor del A’rbre, de 5 estrellas, son más que suficientes para conocer lo que espera al día siguiente y para coger los ‘tics’ necesarios en Roubaix.

Arenberg, Carrefour del Arbre, Mons en Pevelé

El sábado toca comerse todos los tramos de adoquines de Roubaix. La diferencia la marca El Bosque de Arenberg, a la salida de Wallers. Una recta de poco más de un kilómetro que está calificada de cinco estrellas, pero para los que han rodado por allí saben que podrían ser incluso seis. Siempre húmeda y con barro a primera hora de la mañana y unido a la separación extrema en adoquines la convierte en un bautismo de fuego para cualquier novato en Roubaix.

Después de Arenberg casi cualquier tramo de adoquines parece una carretera de asfalto convencional. Ese es otro de los placeres ciclistas que se disfrutan en Roubaix. Salir de un tramo de adoquines a una carretera supone un descanso y una sensación difícil de igual sobre la bicicleta.

Los adoquines causan dolor y cansancio. Por eso siempre Mons en Pevelé (5 estrellas), pese a no estar demasiado roto, siempre se hace eterno con sus casi cuatro kilómetros. O el enlazado Camphin en Pevele (4 estrellas), Carrefour del Arbre (5 estrellas) y Grusson (2 estrellas), tres tramos que en total suman más de cinco kilómetros y que solo están separados por 600 metros de asfalto.

El cuerpo del cicloturista lo acusa. Pese a que a la salida de muchos tramos se hace casi obligatorio fotografiarte con el cartel de Arenberg o el hito de Carrefour del Arbre. También parar en los avituallamientos para recargar energía y revisar la bicicleta en el mecánico, que siempre hay algún elemento que cobra vida propia en la París Roubaix.

Siempre queda Hem, el último tramo de adoquines ‘reales’ con escapatoria por la cuneta de tierra. Porque esa es otra opción. En vez de medirte a la parte central de adoquines puedes optar por ir por la cuneta llena de baches, agujeros, resaltos y tramos inclinados. Libertad absoluta.

Después de Hem queda la única subida considerable de todo el día. Los 500 metros del puente de la autovía que te dejan dentro de Roubaix. Y claro, el velódromo descubierto, uno de los lugares icónicos del ciclismo mundial. Donde dar media vuelta supone hacer lo mismo que los Boonen, Merckx, Ducloss Lassalle, de Vlaenminck o recientemente Peter Sagan.

Al pasar por la meta y recoger tu medalla tienes la opción de seguir el recorrido de cualquier ciclista profesional y pasar a ducharte a los vestuarios míticos y vetustos de Roubaix. Dos salas con taquillas de cemento y asientos de madera. Cada una de ellas con el nombre de uno de los ganadores de la París Roubaix y unas duchas comunes que se conservan igual que en los años 60. Ciclismo vintage para mimetizarse con una carrera profesional que puedes ver al día siguiente y en la que compruebas el dolor que puede causar el adoquín a un profesional.

 


 

 


 

 

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