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Amstel, Roubaix y Lieja. Un tríptico diferente

El ciclismo es un deporte de tradiciones. En julio si hace calor Indurain de amarillo, finales de mayo nieva en el Giro, el primer finde abril Flandes y luego Paris Roubaix para cerrar los adoquines y después el tríptico de las Ardenas con Amstel, Flecha y Lieja. Vale, exceptuamos 2020 por razones obvias y 2021 que se llevó Roubaix a octubre, y llovió. Para 2022 todo volvía a la normalidad, pero Macron decidió poner las elecciones francesas el mismo día que la Paris Roubaix, ojo que no había fechas… y tuvimos que volver a cambiarlo todo.

Así que después del Tour de Flandes, el primer finde de abril, vino la Amstel Gold Race, con su cicloturista el sábado (llovió, saben) y su carrera profesional el domingo (solazo), el tercer finde fue para la Paris Roubaix (sol y casi verano) y el cuarto y respetando la tradición la Lieja-Bastogne-Lieja (aquí la noticia es no llovió).

AMSTEL GOLD RACE

Así que empezamos por la Amstel Gold Race que en este 2022 introdujo algunos cambios. Lo primero, la sede de la Amstel Gold Race Xperience, que ahora es un centro gigantesco Shimano con tienda, restaurante, museo, hotel y el día de la marcha con Feria Ciclista incluida. Vamos, que han aprovechado el parón para renovarse a lo grande. Lo segundo el recorrido de la versión cicloturista más larga, que ha crecido hasta los 245 kilómetros y 2.800 metros de desnivel. Poca broma, eh.

Más que nada porque el día en la cicloturista de Amstel salió raro. Tan pronto hacía sol con viento frío, que llovía, que se paraba el viento y hacía ‘calor’. Vamos, que había que estar todo el rato mirando para arriba para preveer lo que podía suceder. El trazado de la Amstel es circular. Bueno, va haciendo varios bucles desde Valkenburg, salida y meta, y realmente nunca estás a más de 30 kilómetros de la ciudad (que también es donde estaba situado nuestro Hotel). La primera parte por el norte, unos 105 kilómetros con sol. Muros sin demasiados problemas ni desnivel, algún adoquín, paso por la puerta del Aeropuerto de Maastricht y tres avituallamientos con música. Ni tal mal.

La cosa parecía ir tan bien que incluso al paso por el Hotel pensamos en dejar algo de ropa allí. Pero ojo, en Holanda cuando pone que hay opciones de lluvia, acaba lloviendo. Y… así fue. Antes bajamos hacia Maastricht con el Lotto de Gilbert y Wellens y subimos Bemeleberg (es un decir) con la FDJ. En el bucle del Lorberg, con 140 kilómetros, empezó a llover. Paso por Gulpen y dudas… si hacia la meta está claro. Pero habíamos ido a jugar. Así que mojaditos hasta el penúltimo avituallamiento. Y allí, pues otro rato de sol para afrontar el bucle Camerig, Drieelandenpunt y Panninsberg.  Realmente es el mismo monte que sirve de frontera para Holanda, Bélgica y Alemania, que se sube por las tres vertientes pero en sentido contrario a los años anteriores.

Y ya, cuando llevas 200 kilómetros en las piernas, es cuando empieza lo duro y más conocido. Lo que se ve en la tele. Primero el entrelazado Kruisberg, Eyserbosweg y Huls, básicamente tres muros de un kilómetros al 12%, después el liviano Fromberg y el nuevo Berseweg. Y para rematar los dos más conocidos. El Keutenberg, con su pico al 22%, y el Cauberg, que llega al 12% antes de la recta de meta y las cervezas de la fiesta de Amstel. Porque otra cosa no, pero allí los holandeses montan un auténtico botellón, con dj incluido.

El domingo, pues a Maastricht a ver la salida de los chicos y las chicas, pasear entre los coches de equipo, saludar a Iván Garcia Cortina, tomar un café en un bar ciclista y retorno al hotel para ver pasar hasta seis veces la carrera, tres de cada categoría. Entre medias, pues alguna cervecita para pasar el rato y gritar más alto eso de ¡Vamos Mavi¡, que al final acabó sexta, o ver en directo el ataque de Cosnefroy en busca de Kwiato, que al final le ganó el sprint por medio tubular.

PARIS ROUBAIX

De la Amstel a la Paris Roubaix, previo paso por la Flecha Brabanzona, que se disputa entre Lovaina y Overijse, también tiene adoquines y siempre depara una carrera emocionante. Esta vez con ataque de Evenepoel y resolución magistral del Ineos.

Para este 2022 en Roubaix ‘estrenamos’ hotel a menos de un kilómetro de penúltimo tramo de adoquines, el de Hem, por eso el viernes en cuanto ajustamos todas las bicis y acabo Van der Poel de entrenar (tenía el bus aparcado justo enfrente de nuestro hotel) lo primero fue ir a comer piedras. Y de corto, que ya hacía un solazo que aquello parecía Benidorm.

Tramo de Hem y Gruson en sentido contrario a carrera. Llaneo. Y después Camphin en Pevelé, Carrefour dl’Arbre y de nuevo Gruson y Hem. Seis tramos de adoquines en poco más de 30 kilómetros. Suficiente para que toda la grupetta supiese lo que le esperaba al día siguiente. Porque en la París Roubaix no se puede ir despacio en los tramos de adoquines, que se pasan peor.

Para el sábado dos ‘valientes’ se atrevieron con la versión de 170 kilómetros y 29 tramos de adoquines, el resto con la de 150 km y 18 tramos (desde Arenberg) o 75 kilómetros y 8 tramos. En Roubaix si no has probado las piedras conviene ir poco a poco. En dosis pequeñas para ir asimilándolas. Y eso que en este 2022 estaban perfectos. No había llovido en los últimos días y el barro entre los adoquines se había solidificado y había creado una capa que los hacía más ciclables. Bueno, todos menos el Bosque de Arenberg, que debería ser 6 estrellas. Allí si llueve y hay barro es prácticamente imposible mantenerse encima de la bici, y si no lo complicado es hacerla avanzar sin ‘caerse’ en una zanja entre adoquines.

Salvado Arenberg todo parece una ‘autovía’. La gran ventaja con respecto al 2021, lluvia y barro, lo vieron por la tele, es que las cunetas se podían utilizar para adelantar sin temor a meterse en un charco (literal). También que el viento se alió con nosotros en varios tramos y llevarlo de espaldas ayudar a mantener la velocidad y no notar algunos agujeros.

Pero aún así, la Paris Roubaix siempre es dura, porque no permite ir tranquilo. Puedes recuperar en los tramos sin adoquines, que son llanos (subes 5 puentes de autovía), pero en las piedras hay que hacer series obligatorias para que la bici no se pare. También mantener la concentración para ir por el camino correcto (suele ser por la parte central) y dejar algunas neuronas para que piensen por donde trazar las curvas de adoquines, que también las hay y no son sencillas de manejar. Y desde 2021 justo al acabar la ciclo está la carrera femenina, por lo que tampoco puedes levantar mucho el pie que te atrapa Elisa Longo Borghini.

Media vuelta al velódromo, foto con la medalla de Roubaix y solazo para tumbarse en el césped y beberse una cerveza mientras ves la carrera de chicas en las pantallas gigantes y esperas a la ganadora.

El domingo rumbo a Arenberg para ver a pie de adoquín la carrera masculina. Fiesta y ambiente que no parece que sea Francia, sino un pueblo más de Flandes (la mayoría de los aficionados son flamencos). Tanto que hasta debatimos con la familia de Planckaert, después de que nos invitaran a unas cervezas, quien era el mejor ciclista ‘flamenco’ del momento. De allí a Carrefour dl Arbre para ver a Van Baarle ya fugado en solitario en busca de su piedra y al Velódromo para visitar las duchas míticas, charlar con Degenkolb, ver el paso fugaz de Van der Poel, cruzarnos con Boonen. Mejor cierre imposible.

LIEJA BASTOGNE LIEJA

Y para cerrar la Lieja-Bastogne-Lieja, última carrera del tríptico de las Ardenas después de Flecha Valona (con gritos del que escribe en el Muro de Huy al ver a Valverde casi ganador). Pero la decana tampoco fue como la de otros años. Lo primero porque no llovió, y es que en Lieja suele caer agua, sobre todo el sábado de la cicloturista. Después porque el alcalde de Lieja ha decidido poner un tranvía en el centro, así que estaba todo en obras. Consecuencia, la salida y la meta de la carrera profesional se trasladó al sur de la urbe y la de la ciclo a Banneux (a 10 kilómetros de La Redoute, para entendernos).

¿Estos cambios iban a hacer ‘La Lieja’ Challenge más suave? Pues no, porque en los 255 kilómetros de la versión más larga acumulamos hasta 4.200 metros de desnivel. Pero si nos ‘obligaron’ a cambiar la ruta de entrenamiento del viernes y visitar La Redoute en vez de Roche Aux Faucons. Tampoco había que dar demasiados pedales. Así que suavecito, unas fotos con las pintadas de Philippe Gilbert y a cenar al buffet del Mercure Liege, que iban a hacer falta hidratos…

Desayuno temprano y a Banneux, que la salida era antes de las 07.30. Ya saben, en las cicloturistas de las clásicas te dan margen para salir cuando quieras con una hora mínima y otra máxima. Se empezaba bajando y hacía fresco, así que había que dar pedales para entrar en calor y empezar a sumar muros sin nombre hasta la Roche en Ardenne.

En Bastogne, kilómetro 90 y segundo avituallamiento, ya has acumulado más de 1.000 metros de desnivel entre bosques y ‘falsos’ llanos. Da tiempo a ir haciendo nuevas amistades y ‘asociarse’ en grupetas. Pegaba viento de cara y cualquier ayuda es poca. Después las sociedades se rompían en los muros y los avituallamientos (este año el tercero, el de Gouvy, con pasta incluida), para volver a unirse en otros tramos más asequibles (esto último es un decir).

El caso es que cuando ya llevas 160 kilómetros, con la pared de Saint Roch al 20% incluida, entras en la parte más conocida (y dura) del recorrido. Donde ya no hay descanso (como si lo hubiese antes). Mont Le Soie, Wanne y Stockeu, la de la tesela de Eddy Merckx al 17%. Pausa para recargar en Stavelot (y seguir minando las reservas de gofres belgas) y después Haute Levee, Rosier y Cote de Desnie (que sustituía a Maquisard). Ninguna demasiado dura, pero te plantas en el avituallamiento de Remouchamps, al pie de La Redoute, con 210 kilómetros y la necesidad de seguir comiendo.

La Redoute es el mito. Y más con las caravanas aparcadas desde hace casi una semana con aficionados que lo mismo gritan a Evenepoel que a un globero como nosotros. Y ojo, que a esas horas ya habían pasando unos miles. Pero también un lugar donde duelen las piernas. Porque con los kilómetros que llevábamos y una rampa del 17% no se puede subir ‘alegre’. Porque después viene el repecho de Sprimont (que no es puntuable pero va al 9%) y luego Roche Aux Faucons. Y antes se acababa ahí el ‘drama’. Bueno, en el kilómetro al 9% para enlazar con Sart Tilman. Pero en este 2022 había que bajar a Tilff para volver a subir. Cote de Cortil se llamaba la broma. Solo cuatro kilómetros al 5% en los que no parabas de mirar la rueda trasera porque parecía pinchada. Bajada de Cote des Forges y para finalizar… pues otro kilometrillo al 6% y con viento en la jeta. Cerveza sin alcohol recovery (eso ponía en la lata), foto en el podio y medalla, que estas es de las caras de conseguir y al hotel a cenar como si fuéramos a hacer Lieja al día siguiente.

El domingo después de desayunar tocaba ir a la salida de los pros. Esta vez mejor organizada que nunca. Con tiempo para ver las bicis, charlar con Ion Izaguirre y Jesús Herrada, ver pasar a Valverde, Alaphilippe, Remco, Nibali, Gilbert… incluso echar un rato con Haimar Zubeldia, que estaba por allí por compromisos laborales. Luego rumbo a Houffalize para disfrutar del Muro de Saint Roch, uno de los pocos sitios por donde los ciclistas siempre pasan despacio, y de ahí a La Redoute, con tiempo de pillar un helado (si, hacía un día de verano), disfrutar de una carrera prácticamente rota y terminar con un café en Remouchamps mientras veíamos por la tele la exhibición de Evenepoel.

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